Ya hace casi un año, Ari Aster logró posicionarse en el cine de terror con una cinta maravillosa, Hereditary; que no sólo captó la atención del mundo, sino que generó toda una expectativa en éste para esperar los próximos proyectos del director, lo que hizo que toda la atención se focalizara en su nuevo largometraje, Midsommar. El cual, no es para nada, un intento de Aster de brindarnos algo semejante a Hereditary, algo de lo que podría culparse a Jordan Peele por Us al tratar de asemejar el concepto cinematográfico de Get Out (2017), pero que al prescindir un tanto de sátira y enfocarse más en el terror, aunado al extraordinario trabajo de cámaras, pasa desapercibido.

 



Este filme comienza con una situación atroz, característica de las películas de terror, que da a pie a futuras situaciones de la trama, pero en este caso, no es el terrible asesinato de una familia entera en una casa para que después otra llegue a habitarla y se desarrolle la película, sino que el suceso, sirve para explicar la situación emocional en la que se va a encontrar la protagonista. Dani, interpretada por una genial Florence Pugh, la cual es desde mi perspectiva, uno de los puntos fuertes con los que cuenta Midsommar; acaba de perder a su familia, realmente no queda muy claro de qué manera, debido a la terrible edición del principio de la cual hablaré más adelante, pero Aster te da a entender que la hermana es bipolar, de una manera mucho más siniestra y drástica de lo que en realidad implica tener el trastorno, pero el uso de conceptos psicológicos no del todo bien empleados como medio de ambientación macabra en este género ya es algo a lo que estamos acostumbrados; y ésta se suicida, pero antes creemos que asesina a sus padres también, por lo que Dani se queda sola, únicamente con su relación de casi ya tres años con su novio Christian, la cual se encuentra en declive pero éste no se atreve a terminar con ella; lo que da paso a la analogía de todo el film que es el proceso de duelo de una relación tóxica interminable.




El principio de la película es el único momento en el que se aprecia la noche, de resto, lo que queda de la película transcurre a plena luz del día, pero la edición, que incluso consideramos que pudiese haber sido hecho a propósito, resulta opaca; a tal grado que varias de las escenas no pueden distinguirse con claridad, como si le faltara brillo a la imagen, y que rematan con unos títulos iniciales tan pequeños que son casi ilegibles. 

Después de la tragedia familiar, y que Dani buscara todavía más la contención de su novio, realizan un viaje en el que uno de los amigos de Christian los invita a una aldea ubicada en Suecia, lejos de la sociedad, donde celebran un festival en mayo por el solsticio de verano con su familia.

Todo lo que ocurre en Midsommar resulta llamativo al haber rituales compuestos de bailes, gritos, gemidos, movimientos y costumbres que pueden rayar en lo cómico para algunos y en lo excéntrico para otros, pero lo que buscan es ambientar un contexto que se preste a la confusión y a introducir en la experiencia completa del festival.

 



Evidentemente, la fotografía y escenografía es de lo mejor al contar con paisajes suecos. En ocasiones un poco ambiciosa al no contar con un juego de sombras para aumentar el terror, pero manejada a la perfección con recursos audiovisuales de los cuales Aster demuestra ser un especialista. Sin embargo, en ocasiones suelen ser excesivas las tomas entrecortadas con imágenes violentas o sangrientas que más que terror producen incomodidad para el espectador, no por las tomas en sí, sino por el abrupto uso de ellas.

En un principio, el juego de colores y vistas que se aprecian, envuelven de una manera impresionante, la belleza de la escenografía, vestuario, y sincronía de la actuación para bailes y rituales te hacen sentir inmerso en una cultura completamente diferente, pero con el paso de la película, el encanto se pierde porque te acostumbra, ya que muchas de las tomas pueden ser largas y repetitivas, por lo que hace que los ciento cuarenta minutos de duración de este largometraje se sientan.

La experiencia visual que ofrece la película puede ser pesada en algunos puntos, al constantemente tratar de que la toma se visualice desde la perspectiva de estar bajo la influencia de alucinógenos y estupefacientes de los cuales los protagonistas abusan por su voluntad y coaccionados también en otras situaciones por los residentes de la aldea para lograr sus fines.




Midsommar es en realidad un viaje a través de lo que es llevar una relación tóxica, en donde los daños están completamente visibles “a la luz del día” pero poco evidentes cubiertos por racionalizaciones “culturales” y deja en claro, principalmente por el final, de qué manera cada persona se puede dejar influenciar por sus propias heridas y experiencias personales que llevan consigo a la relación, y de la cual, en ocasiones sin intención alguna, ambas partes se vuelven partícipes de pautas y costumbres que pueden resultar completamente satisfactorias, pero destructivas a la vez.